Temor al reflejo del horizonte
en ese resquicio de mi ventana
donde se apuestan a pares o nones
las sextas líneas de mi pentagrama.
Melodía para dioses del ocaso,
que no rezan por no tener a quien
y nunca beben el último vaso
y solo el fin les podrá detener.
Morirán en un éxtasis etílico
y nunca arribarán a ningún puerto;
se hundirán en el agua del servicio.
Verterán mas calumnias de sí mismos
para volver por tortuosos senderos,
al mismo peldaño del precipicio
Qué grande eres, simpre te lo he dicho...
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