Matar en sueños los clavos,
posar los pies en la tierra
y caminar por esta ciudad sin nombre.
Reír a la hora de la lluvia
cuando los días se hagan cortos
y el frío choque contra los cristales.
Hablar a los dioses que cayeron
al triste baúl de los olvidos,
al sótano tapiado de mi memoria.
Volar a ciegas y encontrarte.
La ciudad no es tan grande
y nuestro tiempo es eterno.