El mar se agita, coge fuerza y choca contra las piedras del rompeolas. Un velo blanco coloniza la superficie de la ola en su retroceso, el murmullo de la espuma se aleja. Todo se pierde en un horizonte homogéneo, donde el atardecer va dejando paso a tonos rosáceos que colorean el cielo y los destellos en el espejo de agua y sal.
Desde el último espolón alguien fija la vista en la nada. Sus callosas manos se apoyan en una barandilla, de pintura desconchada y muchos atardeceres a sus espaldas, como las de él.
Los recuerdos han sustituido los sueños de antaño. Los pasos se fueron acortando con los años que pasaban y las arrugas que emergían en su rostro. Sus ojos ya no alcanzan la línea del horizonte, pero todo es igual que ayer, todo es como un viejo conocido.
El niño juego con un coche de juguete por carreteras imaginarias de mundos imposibles, bajo las leyes propias de un universo ilimitado. El viejo observa el tierno delirar de los minutos entre las manitas rollizas de su nieto. Una lágrima fugaz, un último instante para otro día que pasa; adiós a los recuerdos y los latidos de amor abandonados.
Agarra la mano del niño, que le mira con una sonrisa; ``¿Nos vamos ya, abuelo?´´ ``Si, tenemos que irnos ya, que se hace tarde´´
Y ambos se alejan del rompeolas, mientras el sol se esconde mas allá del mar y las farolas del pueblo se enfrentan a la noche.
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